Poetas de la Generación del 27 (VI)


 

 

MIguel Hernández

En  esta ocasión, rindo un tributo de admiración y respeto a la memoria del poeta y dramaturgo MIguel Hernández, nacido en Orihuela en 1910 y fallecido  en 1942, a causa de la tuberculosis en la cárcel de Alicante, tras habérsele conmutado la pena de muerte por la de treinta años. En cuanto su adscripción a la Generación del 27, hay división de opiniones, pues existen críticos que lo incluyen en la del 36, grupo que constituyó la primera generación de posguerra (del 36 al 41) y que también cuenta cuenta con ilustres poetas y dramaturgos. Lo cierto es que, por su edad, por la influencia  que recibió de los clásicos y por las relaciones con miembros significados, bien puede incluirse en la del 27, aunque por su peripecia intelectual y sus peculiaridades se pueda considerar como pionero de la del 36.

De familia humilde, tuvo una escolaridad discontinua alternada con el pastoreo de las cabras de la familia. Fue un autodidacta que, gracias a su afición por la lectura de los clásicos españoles, pudo sentir cómo tomaba cuerpo en él su innata capacidad para la expresión literaria. Se inició desde muy joven en la tertulia literaria de Orihuela, donde trabó una profunda amistad con Ramón Sijé, muerto prematuramente, a quien dedicó su famosa elegía. Ya en Madrid, se relaciona con los poetas del 27 y otros literatos, como Pablo Neruda y Alejandro Casona, con quien colabora intensamente en Las Misiones Pedagógicas hasta 1936. En estos años escribió El silbo vulnerado, Imagen de tu huella y el archiconocido El Rayo que no cesa. Durante la contienda  escribió Viento del Pueblo y el Hombre acecha, en un estilo comprometido ideológicamente, el llamado “poesía de guerra”. Cuando acabó la guerra fue detenido en la frontera de Portugal y encarcelado en Alicante, donde escribió Cancionero y Romancero de ausencias, obra cumbre de ese periodo de la poesía española, poemario que la muerte de le impidió acabar. Sus circunstancias personales -Separación y aislamiento en la cárcel, pérdida de su primer hijo, frialdad de la madre, incapaz de superar su muerte, esperanza de otro hijo y enfermedad que anuncia muerte- provocan en él “las tres heridas”: amor, muerte y vida, vistas a través del prisma de la ausencia. En una de las cartas de su mujer, Miguel recibe la confirmación de que ella y el niño están pasando hambre y que comen mucha cebolla. Entonces escribe este conmovedor poema: 

Nana de la cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Miguel Hernández (De su poemario Romancero de Ausencias)

Acerca de EL PEREGRINO CONSTANTE

Concibo mi vida como un infatigable peregrinar en busca del conocimiento de cuanto me rodea, de la belleza, del amor y la amistad. He vivido lo suficiente como para poder calificar de largo el camino recorrido, pero no para dejar de andar.
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