Rituales infantiles de los años 50


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Durante el resto del curso no hacíamos mucho caso de las moreras de calle La Vía, pero, cuando en primavera se cubrían de hojas, centrábamos nuestra atención en ellas.

         Para nosotros representaban la posibilidad de cumplir simultáneamente dos ritos del “año litúrgico infantil”:

         1) Aprovisionarnos de comida para nuestros gusanos de seda.

         2) Trepar por los árboles, a la salida del colegio, sin que los    adultos se metieran demasiado con la irregular actividad recolectora.  En cierto modo, se levantaba la veda en ese periodo.

         Respecto a los gusanos, confieso ahora, al cabo de sesenta y tantos años, que siempre me dieron un poco de repeluco, particularmente cuando se hacían grandotes. Sin embargo me fascinaba verles tejer el capullo, saber que algo misterioso estaba ocurriendo en su interior, y, finalmente, el milagro de la eclosión de otro ser, de una mariposa que ponía unos huevos minúsculos. Con todo, cualquier chaval que se preciara de estar al día debía tener necesariamente una caja de zapatos, llena de agujeritos, rebosante de los referidos bicharracos.

         En lo que a mí concierne, el ritual de aprovisionamiento de hojas era, con mucho, el más apasionante. Las moreras no se podaban como en la actualidad. Se permitía que crecieran libremente, lo que hacía que desarrollasen un ramaje considerable. Conocíamos todos los árboles. Sabíamos sus respectivos grados de dificultad, en lo que a su escalada concernía.

         Recuerdo dos moreras contiguas cuyas ramas se entrecruzaban. Con habilidad, arrojo y algún que otro costalazo, se podía pasar de una a otra. Estaban reservadas para las categorías superiores, para los iniciados. Había que pasar un duro catecumenado previo por el resto de los árboles antes de acceder a las REINAS DE LAS MORERAS. Si en esa temporada proyectaban  alguna película de Tarzán, entonces ya era la apoteosis. Habida cuenta de nuestra simiesca capacidad de imitación, alcanzábamos verdaderos virtuosismos arbóreos.

         A la hora de comer, muy a nuestro pesar, nos íbamos a casa, cubiertos de gloria, de arañazos y con los pantalones rotos.

         ¡Benditas seáis, moreras de La Vía!

El Peregrino Constante

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Acerca de EL PEREGRINO CONSTANTE

Concibo mi vida como un infatigable peregrinar en busca del conocimiento de cuanto me rodea, de la belleza, del amor y la amistad. He vivido lo suficiente como para poder calificar de largo el camino recorrido, pero no para dejar de andar.
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